domingo, 31 de octubre de 2010
Amo, luego existo -los filósofos y el amor-, Manuel Cruz, Espasa
Sólo hay un único tipo de lector posible para este libro que se ha erigido con el premio Espasa de ensayo del presente año: aquel que, ojeando el índice, se confiese honestamente a sí mismo no saber nada o casi nada de los grandes nombres del pensamiento occidental que son allí citados, en el doble sentido del verbo “citar”. Pues, en lo que se refiere al amor mismo, éste es convocado al texto exclusivamente como tenue pretexto para hilar daguerrotipos biográficos sobradamente conocidos para el aficionado medio. Es cierto que después el autor añade unos comentarios personales al término de cada capítulo, así como una reflexión final de una extensión mayor, pero nada hay en tales meditaciones epilogales que justifique ni el concreto criterio de selección de filósofos que se ha realizado anteriormente, ni la utilidad que del conocimiento de los mismos se haya podido derivar para alcanzar las conclusiones deseadas. De modo que, en cierto sentido, en vez de un libro tenemos dos, o, si se mira desde otro punto de vista, ninguno, ya que la expectativa que levanta la conjunción “y” del subtítulo apenas se cumple. Recuerda muy directamente a otro libro de producción nacional que se publicó hace ya algunos años acerca de la historia de la amistad, y en el que –además de olvidar clamorosamente a Aristóteles, cometer errores de bulto y parafrasear a discreción-, un mínima discusión sobre la bella relación brillaba por su ausencia. A éste, en cambio, no le premiaron en absoluto, pobre hombre, pese a que se hace evidente precisamente aquí que, en efecto, la amistad debe morar muy por encima del amor u otras formas de trato en lo que a producir galardones se refiere, al menos en nuestro país.
viernes, 29 de octubre de 2010
jueves, 28 de octubre de 2010
El último deseo
¿Por qué sólo para los condenados a muerte? ¿Es que no lo somos todos finalmente, dicen? Debería poder institucionalizarse "el último deseo" de todo hombre, si no por medios estatales, que están entrampados hasta las orejas por los jetas globales, al menos mediante una especie de seguro cuya póliza se regulase en los mismos términos que las existentes, pero que se haga enteramente efectiva en vida. Es decir, no vale ponerse en riesgo artificialmente antes de tiempo para acceder al premio, aunque tampoco esperar hasta que el mortal esté con un pie en la tumba y no recuerde ni cómo se llama. Y con clausulas extra-parentales, no vaya a ser que lo deseado por Fulanito resulte ser familiarmente incorrecto... Hoy que el cigarrillo está perseguido, habrá que ser más ambiciosos a la hora de tramitar nuestro anhelado último deseo. Como Aldous Huxley, al que ayudaron a colocarse para afrontar el trance fatal. Cada cual que pida y pague en proporción. Que entre en juego la fantasía y una desinhibida alacridad postrera. Opino, en fin, que es una idea lo suficientemente gilipollas como para que la lleve a televisión y me la compren para hacer un reality de esos...
lunes, 25 de octubre de 2010
Yo, Claudio, Robert Graves, Edhasa y otras...
Tiempos brutales los de la Roma augusta, pero de una crueldad y rudeza descarnadas, festejadas y expuestas sin gazmoñerías a la luz del tibio sol de marzo; mujeres-esclavas y mujeres-lobas, en una duplicidad sin tensiones internas, asumida sin temblores y peligrosa como un vicio; la alta política como una baja pasión, deseada por los mejores y gozada por los peores (sólo César era César), una cucaña fabricada de gloria y untada en sangre; y la Historia, un río desbocado despeñandose entre las colinas de la urbe, impávidos dioses que se cansaron, cierto día, de jugarse a las tabas de los muertos la suerte de los vivos...
Pero dicho así suena todo como a culebrón de teleserie, y, de hecho, parece que ahora van a convertirla en película usando de los servicios del Di Caprio -difícil adivinar en qué papel-, nada que ver en conjunto con lo que concibió allá por los cuarenta Graves. Él, que se decía incapaz para la ficción, lo fue en realidad para el melodrama, y así los dos Claudios lo que destilan entre millares de incidentes es más bien un sentido de estado, el imperial antiguo heredero de Grecia, que hacen de ellas unas novelas verdaderamente históricas, en el otro sentido de la palabra, hechas para leer y releer cuando los booms editoriales nos llenen de hastío.
Pero dicho así suena todo como a culebrón de teleserie, y, de hecho, parece que ahora van a convertirla en película usando de los servicios del Di Caprio -difícil adivinar en qué papel-, nada que ver en conjunto con lo que concibió allá por los cuarenta Graves. Él, que se decía incapaz para la ficción, lo fue en realidad para el melodrama, y así los dos Claudios lo que destilan entre millares de incidentes es más bien un sentido de estado, el imperial antiguo heredero de Grecia, que hacen de ellas unas novelas verdaderamente históricas, en el otro sentido de la palabra, hechas para leer y releer cuando los booms editoriales nos llenen de hastío.
Pequeñas y grandes miserias de los grandes y pequeños filósofos: Louis Althusser
Era una noche francesa de 1980 en la que el filósofo-activista estaba obsequiando a su mujer con un masaje cuando, al llegar al cuello, la estranguló sin poder evitarlo. Sin explicación posible, pasa todos los días. O eso quiso hacernos creer en El porvenir es largo, la autobiografía intelectual que, si no recuerdo mal, escribió en el hospital psiquiátrico en el que le internaron por órden del juez bajo la sentencia de enajenación transitoria. Hoy, claro, lo llamarían de otra manera -maltrato de género-, para quien todavía piense que la ciencia transcurre plácidamente al margen de las convulsiones sociales. Antes, Althusser se había hecho célebre por tratar de reanimar una vez más desde el estructuralismo el marxismo científico tras el impactante conocimiento de los ingentes crímenes de Stalin, y es que Marx resulta tan convincente la primera vez que a veces se nos olvida que su minuciosa doctrina -la más explosiva de la humana historia- va camino de cumplir los 150 años. A mí, sus sucesivas resurrecciones teóricas me recuerdan al gag -como diría Santiago Alba- del coyote y el correcaminos, siempre tratando de atrapar al veloz pájaro con nuevos trucos, y siempre llevándose el golpe en su lugar de la manera más rocambolesca, encima con recochineo por parte del ave. Naturalmente, el coyote tiene que comer, mientras que al correcaminos le vemos una y otra vez jóven y lustroso, pero así es el hombre y así terminan sus intentos de implantar una edad dorada definitiva e indefinida...
sábado, 23 de octubre de 2010
viernes, 22 de octubre de 2010
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