Blog de crítica de la cultura y otras balas de fogueo al gusto de Óscar S.

Encuadre: página de "Batman: Year One", Frank Miller y David Mazzucchelli, 1986-7, números 404 a 407 de la serie.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Poemas a la muerte, Emily Dickinson, selección, traducción y prólogo de Rubén Martín, Bartebly editores, edición bilingüe, 2010.

Ninguna hermenéutica tan singular ha tenido lugar en la cultura occidental como la que el Romanticismo hizo de la Edad Media. Mediante ella, el universo temático de la muerte en particular pasó de enmarcarse en una representación de la Parca como temor a su llegada y posterior duelo de su fait accomplí a una ambigua simbología de la muerte como misterio y presagio -o, en otras palabras: de fatalidad cósmica a destino individual. La música decimonónica se hizo estremecido eco de esta sutil pero radical variatio (Schubert, sobre todo), mas la poesía del siglo que a menudo le dio pábulo también fue afectada, eminentemente en la obra y figura de la norteamericana Emily Dickinson. Una autora sin duda enigmática, solitaria, y de imposible clasificación, pero también imprescindible al margen de criterios burdamente nacionalistas. La presente antología, excelentemente escogida y trasladada al castellano por Rubén Martín, nos adentra en esa alcoba en penumbra de la intimidad de una existencia precisando en imágenes su personal anticipación. El prólogo tal vez resulte demasiado académico y formal para el relámpago en la noche que aguarda después, pero es el precio a pagar para una nueva sensibilidad y una nueva inteligencia a la hora de presentar una creación ya clásica, seguramente minoritaria más no obstante indiscutible. Puede que hoy comprendamos que la muerte nunca puede dar significado a la vida, sino al revés, que la muerte no es sino un proceso de la vida, pero ello no resta valor a estas iluminaciones en claroscuro, para las cuales hay que aplicar el calificativo de alta filosofía tanto como el de gran poesía. El presente libro nos ofrece la ocasión de revisitarlas con el corazón en vilo, aunque no únicamente por la angustia, sino por su delicada belleza, que no es cosa de poca monta en los tiempos apresurados que corren.

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